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La cadena de valor inclusiva como herramienta para el desarrollo responsable y competitivo

El concepto de cadena de valor incluyente o inclusiva se apoya en la necesidad de trabajar en pos de la mejora y la generación de empresas y empleos de calidad, que conlleven a una mejor distribución del ingreso, contribuyan a la reducción de la pobreza y la exclusión social, a la preservación de los recursos medioambientales y el rescate y salvaguarda de los culturales, además de favorecer al crecimiento integral de la economía y la sostenibilidad de la competitividad.

Es ampliamente sabido que ser competitivo en el mundo actual no es cosa menor. Por ello la competitividad como tal, se constituye en uno de los principales objetivos (sino el principal) en cualquier planificación del desarrollo de un destino turístico.

Existen numerosos destinos turísticos en el mundo, y especialmente en Latinoamérica, que cuentan con recursos y atractivos de gran envergadura y jerarquía como para propiciar un desarrollo importante en el área.

Aun así, en muchas de las localidades o comunas cercanas a estos recursos, no han logrado un desarrollo acorde a la jerarquía del atractivo que albergan, y mucho menos un desarrollo sostenible. Esto es, un desarrollo equilibrado e inclusivo que permita pensar que el turismo allí es un elemento de aporte a la equidad social y una actividad económica responsable que contribuya a la inclusión, a la generación de igualdad de oportunidades y a la distribución equitativa de los ingresos generados directa e indirectamente por la misma, en pos de un desarrollo más justo para el destino.

Esto puede obedecer a múltiples factores: procesos de gestión turística que no responden a las necesidades actuales del territorio, a la falta de un Plan Estratégico de Competitividad Turística, o a la ausencia de un modelo de desarrollo y gestión que aborde, desde una visión holística,  las problemáticas del destino, entre otras.

 

Importancia del enfoque de inclusión en la cadena de valor

Resulta lógico pensar que si los recursos son un bien común, todos los “propietarios” del mismo deberían tener iguales posibilidades de beneficio, aunque ésta no es la lógica que normalmente opera en la realidad.

En tal sentido, se coincide con algunos autores en reconocer que el concepto de cadena de valor puede ser una herramienta muy útil para mejorar la competitividad de los destinos, no obstante se supone que ésta es una mirada parcial, si a la vez no se avanza un paso en considerar que la cadena de valor deberá ser inclusiva, de modo de lograr la sostenibilidad y durabilidad real de la competitividad.

Mientras que en el pensamiento político general se tiende a concebir que el Estado debe ayudar y potenciar a quienes mejor y más trabajan, dotándolos de herramientas o beneficios que les permitan mejorar su calidad y/o ampliar y diversificar su oferta, el concepto de cadena de valor incluyente o inclusiva se apoya en la necesidad de trabajar en pos de la mejora y la generación de empresas y empleos de calidad, que conlleven a una mejor distribución del ingreso, contribuyan a la reducción de la pobreza y la exclusión social, a la preservación de los recursos medioambientales y el rescate y salvaguarda de los culturales, además de favorecer al crecimiento integral de la economía y la sostenibilidad de la competitividad.

El turismo es una actividad en la que participan numerosas familias que encuentran en él una oportunidad y una fuente de ingresos. Generar capacidades en los eslabones de la cadena de valor turística y diseñar una oferta atractiva e integral, a través del fomento de articulaciones y sinergias, permitirá, no solo estabilizar los ingresos de estas familias y  profesionalizar su quehacer, sino también una consolidación del tejido empresarial de la zona. A la vez, que si se prioriza la ayuda a los eslabones más vulnerables, se estarán generando impactos positivos en la reducción de la pobreza, en la justicia social y, por ende, en la competitividad turística del destino.

En relación con esto, se considera sumamente necesario conocer en profundidad los compontes de la cadena de valor del turismo y las relaciones establecidas entre los mismos, de tal manera que, a posteriori, se puedan identificar los componentes más vulnerables del sistema, induciendo a la Gestión Pública a preocuparse y ocuparse de diseñar Modelos de Gestión Turística Sostenible, destinados al fortalecimiento de la competitividad de una cadena de valor inclusiva para el destino, bajo el enfoque del Turismo Responsable.

En tal sentido, se podría decir que la competitividad turística de un destino depende de la competitividad de su cadena de valor y a la inversa, de tal modo que esta simbiosis en sí misma constituye los cimientos y también el foco sobre el cual conviene orientar las estrategias que definirán los modelos sostenibles de gestión del destino, con base en la dinamización de todos y cada uno de los procesos que se generan de acuerdo al grado de complejidad existente en el territorio y gestando los mecanismos que fortalezcan la articulación y complementariedad entre los sectores público, privado y social, fundamentados en la corresponsabilidad y en una planificación flexible que haga compatible su orientación al mercado, con el involucramiento de la población local y la participación; factores estos que resultan indispensables para lograr un producto integral que va a sustentar a un destino turístico competitivo e inteligente.

María Marcela Santandreu*

 

*Este artículo ha sido elaborado en el contexto del curso de Gestión del Turismo Sostenible de Fondo Verde.