Agua sostenible, social y justa

Nos encontramos, dicen los expertos, en el ecuador de la transición entre un viejo modelo hídrico, autoritario y basado en la dominación de la naturaleza, y una nueva cultura del agua que defiende la sostenibilidad, la equidad entre personas y generaciones y la participación social.

“¿Y a mí qué me puede decir la señora María, la de la tienda? ¡Si aquí el que entiende de agua soy yo!”. La frase que un alto cargo de la administración hidráulica le espetó a su amigo Pedro Arrojo, experto en la materia, profesor de economía de la Universidad de Zaragoza, retrata muy bien la tradicional, y aún vigente, cultura del agua, con su “visión productivista”: los ríos son recursos que hay que exprimir hasta la última gota, dominar mediante obras de infraestructuras que se encargan a ingenieros, los que saben. ¿Qué pinta la participación social en esta ecuación? Nada. Por contraposición emerge una nueva cultura del agua. Y en ella, la señora María tiene todo el derecho, incluso la obligación ciudadana, de participar activamente en la gestión hídrica de su cuenca; velar por su conservación; decir que no a que una presa inunde su pueblo; oponerse a un trasvase; exigir un reparto equitativo de un bien que es un derecho humano. Ver su río no como un mero canal de H2O sino como ecosistema vivo que proporciona bienestar. A ella y a sus nietos.

“En el modelo hídrico tradicional, lo ríos son canales de H2O que hay que exprimir y dominar” (Pedro Arrojo)

Arrojo, impulsor de la Fundación Nueva Cultura del Agua, defiende una gestión hídrica basada en los principios de sostenibilidad, justicia social, equidad entre seres humanos e intergeneracional. En su opinión, la participación social es pieza clave para dejar atrás ese otro modelo “tecnocrático y autoritario, sustentado en la dominación de la naturaleza”, según el cual, el río mejor gestionado es aquel que ya no desemboca en el mar. “Una de las líneas base de la Directiva Marco de Aguas de la Unión Europea es la participación; todas las administraciones han de ir asumiéndolo”, incide María Jesús Sanz, responsable de relaciones institucionales de ECODES, que ocupa la secretaría técnica del Contrato del Matarraña, afluente de la margen derecha del Ebro: el único contrato de río –acuerdo suscrito por actores públicos y privados que se comprometen a un proyecto común de gestión de una cuenca hidrográfica– existente hoy por hoy en España. Una iniciativa innovadora enmarcada claramente en esta nueva cultura del agua.

“La Fundación Nueva Cultura del Agua defiende una gestión hídrica basada en los principios de sostenibilidad, justicia social, equidad entre seres humanos e intergeneracional”

La directiva marco de la UE, del año 2000, significa un cambio “radical” de visión, según coincide Arrojo: de dominación de la naturaleza a sostenibilidad; de una estrategia de oferta (el Estado provee de la infraestructura hidraúlica necesaria mediante un sistema de concesiones) a nuevos modelos de conservación ambiental y racionalidad económica; de gestión de recursos a gestión de ecosistemas. “Es como pasar de una gestión maderera a una gestión forestal”, lo compara. La orden europea es una prueba de que, al final, el fuerte cuestionamiento en forma de pinza –el frente ambientalista por un lado; el económico por el otro– a las grandes obras hidraúlicas, que en Estados Unidos empezó a crecer en los sesenta y a Europa tardaría aún tres décadas más en llegar, ha terminado imponiéndose. Al menos sobre el papel. ¿De verdad queremos una presa, un trasvase, impactando sobre un paisaje de altísimo valor ambiental? ¿Son tan rentables económicamente? ¿Vamos a seguir haciendo oídos sordos al clamor de las poblaciones desplazadas por los embalses?

 “Es necesaria una nueva gobernanza, una participación comunitaria popular, cambiar los modos de producción y de consumo, trabajar por la inclusión social y productiva” (Nelton Miguel Friedrich)

Al otro lado del Atlántico, en la frontera entre Brasil y Paraguay, las obras de la represa de Itaipú comenzaron en 1973 con la grandilocuencia y el autoritarismo propios de la vieja cultura del agua, provocando mucho sufrimiento y miles de desplazados. Hoy, la central hidroeléctrica sobre el río Paraná le ha dado la vuelta a su propio calcetín y se ha convertido en un referente mundial de una nueva manera de entender las cosas. Parece sencillo, como de cajón, cuando lo explica su responsable, Nelton Miguel Friedrich, con su hablar pausado: el río forma parte de un entorno, donde hay fauna, flora, industria, granjas de cerdos y de vacas, comunidades, pescadores, agricultores. “Hemos de verlo como un todo”, proclama su visión holística, sistémica. “Hemos de comprender la naturaleza, y el hecho de que el planeta no es nuestro; es nuestro deber dejarlo como legado a las siguientes generaciones”, añade.

 

Represa de Itaipú en Brasil.

Su programa Cultivando Água Boa (Cultivando Agua Buena), ha demostrado que todo eso es posible, aunando a los habitantes de la cuenca, Itaipú como un actor más, en la defensa de su río: regeneración forestal, mejora de los caminos, recuperación de especies, recogida de basuras, educación ambiental en las escuelas. Todo consensuado, dialogado, votado en asambleas y comités. “Es necesaria una nueva gobernanza, una participación comunitaria popular intensa, cambiar los modos de producción y de consumo, trabajar por la inclusión social y productiva”, va enhebrando ideas en un discurso que, la verdad, no parece el de directivo de una central hidroeléctrica. Habla de medio ambiente, de sostenibilidad económica;  también de la gente que vive y trabaja en el entorno del río. Esa última pata, la social, es la que Pedro Arrojo echa de menos en Europa, de manera que invita a volver la vista a América Central y del Sur, para aprender de sus experiencias comunitarias en materia de gestión hídrica.

Como las que conoce de cerca la Alianza por el Agua, creada como una suerte de gran red que aglutina a distintos actores implicados en la gestión hídrica de España y Centroamérica.“Si el agua no llega al área rural porque hay una crisis de gobernanza, la gente busca fórmulas ingeniosas para dar respuesta a sus necesidades”, describe Chus Cajal, responsable del Secretariado de la Alianza por el Agua, que recae en ECODES. Se organiza, participa, colabora, cada cual aportando sus conocimientos por un bien común y un reparto equitativo. Eso es innovación social. Pero tampoco vale que las organizaciones comunitarias le hagan el trabajo a las administraciones. Al fin y al cabo se trata de un servicio público. Debe existir una transferencia económica o de apoyo técnico por parte de las autoridades, opina Cajal. “Somos partidarios de una gestión mixta, de fórmulas de consenso entre las instancias con competencias en materia de agua y los usuarios”, manifiesta.

Visita del Ayuntamiento de Zaragoza a las actuaciones proyectadas por Nexos Hídricos.

 

Eso mismo, consenso, es lo que ha buscado, y encontrado, Granollers, para ponerse a una a recuperar, social y ambientalmente, su degradado y moribundo río Congost. “El modelo de ciudad hay que compartirlo con los ciudadanos”, afirma convencido Albert Camps, teniente de alcalde y concejal de Medio Ambiente y Espacios Verdes, de Obras y Proyectos y de Programación del Ayuntamiento del municipio, impulsor de semejante resurrección fluvial. ¿Así, dialogados, participativos, innovadores, con un nuevo enfoque, deberían ser todos los procesos que tuvieran que ver con la gestión del agua? “Hay que poner en valor social el agua; un bien escaso, de todos, origen de la vida, referente patrimonial”, responde Camps. “Priman las inercias del pasado, y los intereses de los lobbys”, lamenta por su parte Pedro Arrojo, que considera que nos encontramos en el ecuador de la transición entre el viejo y el nuevo modelo hídrico.

 

Río Congost a su paso por Granollers.

Hasta que una Ley europea se consolida políticamente pasan 10, 12 años. Y en ese lapsus, el antiguo régimen hídrico continúa enseñando los dientes. Pero ahí están Granollers, la Alianza por el Agua, Cultivando Agua Buena, el contrato del Matarraña, para demostrar que se pueden hacer las cosas de otra manera. “La participación te valida cualquier gestión que vayas a hacer”, insiste María Jesús Sanz, que ha visto crecer la concienciación en la ribera del Matarraña. “La visión que tienen los niños de su río... En sus dibujos denuncian la contaminación que provoca, por ejemplo, sulfatar, o la basura que se arroja al agua. Cosas que muchos mayores ni se plantean; el río es el vertedero ideal, porque lo que tiras desaparece... Pero eso a las jóvenes generaciones ya no les vale”. Sanz detecta un cambio de mentalidad, muy positivo, pero advierte de que el tiempo apremia. “Vamos a correr un poco, que si no”... 

 

FORMAR A LOS TÉCNICOS DEL FUTURO

Formar cuadros que entiendan y asuman un nuevo modelo de gestión hídrica profundamente interdisciplinar, que exige un diálogo constante entre ingenieros, biólogos, ambientalistas, economistas. Es el objetivo del Máster Propio en Gestión Fluvial Sostenible y Gestión Integrada de Aguas de la Universidad de Zaragoza, que el próximo curso celebrará su sexta edición, con el patrocinio de la Diputación de Huesca y en colaboración con la Fundación Nueva Cultura del Agua y la Universidad Internacional de Andalucía. “Se trata de reforzar tres componentes esenciales de la nueva gestión pública de aguas: la capacidad de diálogo, organización y gestión interdisciplinar; el uso de nuevas tecnologías y sistemas de gestión; y la integración de la participación ciudadana en todo el proceso de planificación y gestión del agua”. Con dos retos fundamentales: “Desarrollar nuevos enfoques de gestión ecosistémica, en coherencia con la Directiva Marco del Agua. Y enmarcar la planificación y gestión de aguas en los escenarios de incertidumbre que se derivan de las complejas dinámicas de globalización y del proceso de cambio climático en curso”.

 

 

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