Agua Buena de Itaipú

Ejemplo mundial de buena gestión ambiental y social

“¡Teníamos que haber empezado esto 20 años antes!”, exclama la viuda, con una hija a su cargo, propietaria de una pequeña finca en la orilla del Paraná. Por “esto” se refiere a la reforestación y acondicionamiento de las riberas del río que lleva adelante el programa Cultivando Agua Buena, impulsado por la represa de Itaipú . Al principio la señora se había negado en redondo porque la iniciativa le supondría perder terreno; después había accedido a regañadientes. Hasta que ha ido viendo que a sus tierras han vuelto las abejas, y las aves. “Había dos o tres especies y ahora hay más de 26”, explica entusiasmada a los técnicos que han venido a visitarla. La intrahistoria de Cultivando Agua Buena está llena de gente que vivía de espaldas a su río y ha girado 180 grados hasta situarse de frente, para sentir que forma parte de un todo llamado cuenca del Plata. El pequeño productor que ha mejorado el rendimiento de sus tierras y ha podido mandar a dos hijas a la Universidad. El pescador que ha logrado que las suyas, que habían emigrado a la ciudad, regresen y trabajen con él, porque vuelve a haber pesca. Una comunidad indígena paupérrima que se organiza en cooperativa y produce 200 toneladas de mandioca orgánica en 2013.

Pero empecemos por el principio. El 26 de abril de 1973 comienzan los trabajos de la central hidroeléctrica de Itaipú. Ante todo, una gran obra de ingeniería diplomática, como le gusta decir a Nelton Miguel Friedrich, su director de Coordinación y Medio Ambiente, porque logró aunar a Paraguay y Brasil en un proyecto común que aparcó rencillas y enemistades. Y también un ejemplo de ingeniería jurídica, porque se trataba de crear una empresa binacional, de derecho internacional. Aquella mole se atravesó en un valle de la cuenca del Plata, en el río Paraná, como una enorme espina, anegándolo y desplazando, por la fuerza y con unas indemnizaciones miserables, a unas 41.000 personas. “Fue un periodo adverso”, reconoce Friedrich. Se inauguró hace 40 años y comenzó a generar energía hace 30, en 1984. Tiene una potencia instalada de 14.000 megavatios que suministra más del 17% de toda la energía consumida en Brasil y más del 72% de la de Paraguay.

Mediante un Pacto de las Aguas, una comunidad define sus prioridades y acciones en materia hídrica y se compromete a cumplirlas. Cultivando Agua Buena lleva firmados 52.

En 2003, este ingenio que había entrado en el río como un elefante en una cacharrería, avasallando y sin consultar con la población autóctona, da un giro radical: lo hecho, hecho está, pero a partir de ese momento, Itaipú se hace responsable no solo de minimizar su impacto (ya contaba con planes medio ambientales) sino de responsabilizarse activamente del cuidado del entorno en el que se ubica. Acaba de nacer Cultivando Agua Buena, un programa con muchas patas, basado en la participación de las comunidades, que propone “un cambio de valores en los modos de ser, vivir, producir y consumir”, y obedece a aquella máxima de “piensa en global, actúa en local” para contribuir a la solución de los grandes problemas del planeta: el calentamiento global, la reducción de la biodiversidad, la contaminación de los recursos hídricos. Su área de actuación cubre unos 8.000 kilómetros cuadrados, 29 municipios, alrededor de un millón de habitantes. Y una tarea conjunta: conservar, revitalizar, regenerar ambiental y socialmente el territorio. Itaipú como un actor más, participando en los comités gestores, las asambleas, las charlas de sensibilización en las escuelas o los talleres del futuro, donde hombres y mujeres del Paraná son invitados a reflexionar. Y a actuar.

 

 

Recuperar suelos, caminos, agua

El programa Cultivando Agua Buena ha instalado casi 1.322 kilómetros de cercas proyectoras, ha plantado más de tres millones y medio de nuevos esquejes y adecuado más de 716 kilómetros de caminos rurales. Ha emprendido actuaciones de conservación de suelo en casi 20.500 hectáreas, reciclado correctamente 446 toneladas de envases agrotóxicos, instalado 158 abastecedores de agua comunitarios y dispuesto 172 unidades para el suministro de abono orgánico.

Apoyo a las comunidades indígenas

Mediante la mejora de la infraestructura de sus aldeas, producción de alimentos de subsistencia, fomento de la salud, saneamiento... Así como impulso a iniciativas que ayudarán a mejorar su situación socioeconómica: cultivo de plantas medicinales, apicultura, artesanía, alimentos ecológicos.

Más turismo rural

El programa propone la creación de itinerarios turísticos ecológicos, capacitando a agentes locales y a agricultores, e incluyendo a las comunidades en actividades de caminatas en la naturaleza.

Recolectores de basura

Diariamente recogen miles de materiales que pueden tener una segunda vida, evitando además que terminen en el río. Los trabajadores son personas en riesgo de exclusión social. Ya se han creado tres cooperativas y 25 asociaciones en torno al reciclado.

Pescadores y agricultores

El programa promueve la sostenibilidad de la actividad pesquera y capacita a los pescadores locales en la técnica de la acuacultura. Tierra adentro, hace lo propio con las familias que viven del campo: sostenibilidad, desarrollo tecnológico, agroindustrialización. En particular, incentiva la producción de alimentos ecológicos, naturales, libres de abonos químicos, insecticidas o herbicidas que contaminan ríos y suelos.

Energías renovables

Puede parecer chocante que una central hidroeléctrica impulse las energías renovables... Pero así eso: desde el desarrollo de un vehículo eléctrico al uso de la biomasa como energía, aprovechando la existencia de granjas de cerdos y vacas en la zona).

 

Equipo y patrocinadores